Por la profesora Doña Amparo Abenza Guirao, responsable de Igualdad del IES Infante.
Con motivo del Día Internacional de la Mujer, desde el IES Infante don Juan Manuel,
creemos muy necesario manifestarnos como comunidad educativa. Estamos
convencidos de que es una reflexión necesaria para nuestro alumnado y también para
todos los responsables de la educación de los mismos.
En los últimos tiempos, la palabra feminismo ha sido identificada maliciosamente con
ideologías quizá radicales por sectores reaccionarios que han logrado que se perciba
como la polaridad opuesta del machismo, como una ideología en la que se odia al
hombre. Nada más lejos de la realidad. Feminismo es igualdad. Y nada más. Y la
igualdad es cosa de todos.
Y es cosa de todos no porque los hombres tengan que ayudar a las mujeres, sino
porque el machismo también perjudica, envilece y denigra a los hombres: la imagen
de que la mujer debe ser sumisa todavía existe porque al hombre se le ha hecho creer
siempre que tiene que ser agresivo, fuerte, invulnerable. La imagen de la mujer como
un ser dulce y delicado existe porque al hombre también se le ha hecho creer que
tiene que ser rudo. La idea de la mujer callada y prudente pervive porque al hombre se
le ha hecho creer que tiene que ser autoritario. La imagen del hombre y de la mujer
responden a lo mismo: creencias y tradiciones. Cultura lo llaman. La liberación, pues,
de la mujer de estas creencias supone la liberación del hombre. Igualarse. Eso es el
feminismo y no otra cosa.
Y aquí viene el problema: que la mayoría de las mujeres sí se han hecho conscientes
de esta cultura. Quizá, a algunos hombres -y también a algunas mujeres- les falta un
empujón para terminar de verlo, asumirlo y lucharlo. Pero mientras tanto, cuando una
mujer manifiesta su malestar de una forma vehemente, resulta molesta, se sale de la
cultura establecida. Cuando una mujer se enfrenta a un hombre de igual a igual,
molesta también, se sale de la educación de señora prudente y recatada, de la cultura
otra vez. Cuando una mujer dice no con convicción, cuando alza la voz, resulta
extraña, intratable, la cultura le exige otras formas. Cuando pelea para conseguir lo
que quiere, cuando frena lo que no, cuando pierde el miedo, cuando es independiente
y valiente, es aislada y mirada de reojo. Algo anda mal en ella.
Pero también, cuando un hombre es vulnerable y confiesa su vulnerabilidad, molesta,
se sale de lo cultural. Cuando no se enfrenta a los que lo provocan, es blando, raro, no
es cultural tampoco. Cuando es dócil y no protesta, es extraño, poco macho alfa,
fuera de la manada también. Cuando no manda, no impone, no es imperturbable, no
termina de ser visto con buenos ojos. Cuando un chaval da un paso atrás en un
enfrentamiento, resulta sospechoso. Ellos están obligados a mandar, opinar con
seguridad, decir lo que piensan sin miedo, enfrentarse sin pudor.
Y desde ahí, desde esa extraña tribuna juzgamos todos a las mujeres y a los hombres,
aunque ni siquiera nos demos cuenta, aunque no queramos admitirlo.
Todos hemos oído alguna que otra vez veces la expresión «Es una tía muy válida»
para hablar de una mujer que realiza su trabajo de una forma que conviene o parece
bien a alguien. El resto se ve que son/somos inválidas. Jamás se dice eso de un
hombre. Se da por hecho que todos son válidos. Pero las mujeres lo tienen que hacer
ver una y otra vez. Y así, cuando demuestran su valía sobradamente, entran a formar
parte del colectivo adoptando el apelativo «tía». ¿Se masculinizan? ¿Empiezan a
formar parte del club? Porque no es «una persona válida» o «una mujer válida», no.
Es una «tía válida», algo más rudo que mujer. Pues gracias en nombre de los millones
que no sabemos si hemos sido capaces de demostrar nuestros méritos en el club de
los jueces de la valía femenina.
Una de las veces que lo escuché, noté a la aludida francamente agobiada y deseosa
de salir del atolladero sonriendo nerviosamente, cosa que los hombres que hicieron el
juicio interpretaron como agradecimiento y satisfacción por parte de ella. Nada más
lejos. Es desagradable que juzguen tu valía constantemente. Es indignante tener que
soportar el juicio de otros que, quizá, ni siquiera están a tu altura. Es intolerable que te
afrenten con juicios que tú no has pedido. Y sin embargo, es imposible hacer ver que
esto es un comportamiento machista. Seguramente hay que estar agradecida. Es la
«cultura» imponiéndose otra vez.
Meryl Streep se queja de que la gente que la entrevista le dice: «has interpretado a
tantas mujeres fuertes…» y que ella siempre les pregunta si alguna vez le dicen a
unahombre: «has interpretado a tantos hombres fuertes…».
Hace poco oí en la grada de un partido de fútbol femenino «ah, pues juegan bien».
Sin comentarios.
Todos estos ejemplos son halagos para quien los dice, sin duda. Imposible, en esos
momentos, pararse a hacer ver la cultura que se esconde bajo estos cumplidos.
Dice Emma Watson que a los ocho años ya la llamaban mandona por querer dirigir
una obra de teatro. A otras las llaman rebeldes o contestonas por querer hacer o decir
las mismas cosas que los chicos. Qué más da: mandona o rebelde, pesada,
conflictiva, nerviosa, desquiciada, problemática, autoritaria… poco válida seguramente.
Pero también blando, cobarde, miedica, pusilánime, calzonazos, apocado, débil,
nenaza, gallina…. Fuera del club.
Todos sufrimos la desigualdad. A todos nos lo ha inculcado nuestra cultura. Así que a
todos nos domina, nos ofende o nos condiciona. Todos deberíamos ser feministas. Y
todos deberíamos ser libres.
Dicen los analistas que hasta dentro de 140 años no conseguiremos la igualdad
absoluta entre hombres y mujeres. Un siglo y medio. En el 2166. Ninguno de los
presentes lo verá. Pero seguro que esta reflexión en nuestro pequeño mundo también
está haciendo posible que, dentro de un siglo y medio, los adolescentes de un instituto
y todos los miembros de una comunidad educativa no tengan que hacer un manifiesto
sobre feminismo, sobre igualdad, sobre hombres y mujeres. Porque ya no hará falta. Y
entonces habrá libertad cultural para que cada uno sea lo que quiera ser. Y seremos
hombres y mujeres libres por fin.
